¿Cómo te va?

¿Cómo te va entre semana con tu nueva novia?
Más fácil ¿Verdad?
¿Cuándo-Pronto-se alejó de ti mi recuerdo con todo este internet..?
(¿O aun no se ha ido?)
No, no lo sé.

¿Cómo te va junto una simple mujer sin divinidad?
No quiero decir que yo la tenga.
Pero ve-te.

¿Cómo vives? ¿Te preocupas?
¿Te sigues enfadando?

Te aburres. Lo apuesto.

Sin esos altibajos,
tu relación estable debe ser abrumadora.

Estable.

Yo, que sé que de la completa serenidad te hostigas.
¿Cómo estás al levantarte?
¿Feliz? Qué aburrido.
¿Cómo te va, tú que me dijiste “Me vas a extrañar”?

¿Cómo te va con cualquiera?
¿Es el calor más soportable?
¿La lluvia más cálida?

No.

Lo sé.

No me lo tienes que decir.

Si no discuten, mal.

¿Cómo puedes vivir con una persona con los pies en la Tierra, tú, alienígena extrasolar?

¿Cómo convives tan distinto a nosotros?

¿Cómo en va en la vida? ¿Estás sano?
¿Te has curado?
¿Los sueños te siguen trastornando?

Lo inesperado, ¿Se hace ver? ¿Te visita alguna vez?

¿Cómo te va con un producto del imaginario colectivo? ¿Tiene ideas propias?
¿O se deja arrasar por las de su grupo igual?

¿Cómo te va con una estatua de Andriacci?

¿Estás harto ya de esos discursos altivos de mujer?

Cansado de mi luz propia, ¿Cómo te va con un simple material reflectante?

Venga. Con franqueza, mi amor.
Pero en serio.
¿No?

¿Cómo se vive un amor sin profundidad?
Cuesta, ¿Verdad?
¿Te cuesta tanto como a mí con otro?.

-Gracias, Marina Tsvetáieva (1892-1941) por haberme dado la inspiración-

1999 (Tú todavía ni nacías)

—Tú todavía ni nacías.— Me dijo. Lo cierto es que ya existía, tenía 4 años.

Caminaba con mi madre a la primaria en donde mi hermana y yo estudiamos. De mi casa a la escuela son entre 7 y 10 minutos dependiendo de la velocidad a la que se vaya.

Una señora se acercó a vendernos flores mientras cenábamos y Vito las compró. Me las dio y dijo: “Cuando vayamos con mis amigos se las das. Te van a amar. “

En ese camino existe una curva que, para las proporciones de la cabecera municipal, es muy pronunciada. Justo en el interior de esa curva hay un voladero que, también para mí (por la edad), parecía muy hondo.

Llegamos a “El Pez”. El nombre le va perfecto. Huele, incluso desde fuera, a coctel variado: tacos de pescado, camarones, mojitos y margaritas congeladas. Y también desde el otro lado de la calle, se aprecia la puerta entreabierta que deja ver la media luz, amarilla, cálida que hace ver a todos con una textura más tersa.

En el fondo, había un río rodeado de carrizos verdes y húmedos, jazmines que hacían oler toda la cuadra.

Para entrar se tiene que subir un escalón, nada difícil para alguien de mi edad pero, por un momento, imaginé el pequeño esfuerzo que tuvieron que hacer los amigos de Vito. El humor involuntario de esa escena me hizo reír.
La edad pesa, según ellos. Yo no lo sé.

Hoy solo hay arena.

En la barra los amigos de Vito. Eran los únicos en todo el local y sus carcajadas se escuchaban cada vez más fuerte, y menos terroríficas, conforme nos acercamos. Pero quién sabe. No imaginaba si ellos, con su sola presencia, manaban terror.

Mi parte favorita del camino siempre fue esa curva. Imaginaba el cauce debajo de mis pies y sentía un vacío en el abdomen que duraba solo unos segundos. El frescor traspasaba el pavimento.

Me dejó entrar primero y el pánico se manifestó en forma de dar vueltas tratando de postergar el momento. Inútil. Fui empujada por las flores que llevamos para ellos y por la mano briosa en la espalda baja del Padrino, una manoseada justo antes de entrar a su campo visual.

Yo no lo sabía, pero ese es uno de los momentos y recuerdos más emblemáticos de lo que hasta ahora llevo de vida.

Al verme, los 3 sonrieron. Tenían cara de gánsters de Scorsese y posaban como personajes de película de Scorsese.

Era jueves. 30 de septiembre de 1999. 11:31 y mamá y yo llevábamos el desayuno a mi hermana. Empezó el temblor.

Les di el ramito de flores moradas. Me invitaron a sentarme. Vito tuvo razón, me amaron.

—¿Dónde vives?— Preguntó Henry Hill.
—En Atzompa— Contesté.

Bastó esa sola palabra para que emergieran anécdotas de fechas en las que yo todavía no existía. Hablaron de sus gloriosos 20 enfatizando frases como “¿Te acuerdas?”

A 21 años todavía tengo la película en mi cabeza.

Henry Hill, Carbone y Cicero llevaban desde las 2 de la tarde bebiendo mojitos casi congelados y lo raro es que, Cicero, también llevaba 2 días completos sin dormir.
—Lo peor es que se acuesta, se acurruca, cierra los ojos y no duerme.
—Pero no pasa nada. — Dijo.

Las casas, los postes de luz, los árboles e incluso el polvo del pavimento y las personas que pasaban por ahí se movieron en desigual. Sus pesos hacían que la gravedad jugase un juego visual estrepitoso.

Recordé Cien años de soledad. Pensé que la peste del insomnio había comenzado y que el paciente cero estaba con nosotros. Imaginé que seríamos los primeros contagiados, el caos que vendría en el mundo, la locura, el olvido. No era nada de eso.

Fue una oscilación pertinaz.

—Pásenle a la niña una limonada, por favor.— Ordenó Vito a los chicos que atendían.

Me sonrojé. Decirme “niña” en medio de cuarentas, cincuentas y sesentas no fue nada incómodo pues ahí lo era. Menuda expresión que me alboroza.

El movimiento nos sacudió. Mamá alcanzó a tomarme de la mano y llevarme hacia ella antes del segundo jalón. Me abrazó y cubrió mis ojos a costa de apretones en la cara, lamenté no poder cubrirle la vista como ella a mí. Sin querer dejó un resquicio y observé el caos que recién comenzaba.

Henry Hill quería bañarse. Se sentía acedo. Habían estado bebiendo desde quién sabe cuándo, al parecer, desde hace dos días, los mismo que Cicero no dormía.
Carbone y Vito trataron de convencerlo con argumentos sobre su aspecto físico.

—Aún así te ves guapo, cabrón. Todos los saben.

Henry Hill es alto, posee una voz gruesa y las palabras le salen con una excelente dicción; tiene algunas canas, cabello lacio y cara simétrica que le deja ver adulto, maduro pero sin una sola arruga. Además de tener el talento de verse fresco aunque haga un calor tremendo. No suda.

No lo convencieron.

—¿Y nos vas a dejar aquí S-O-L-O-S?— Preguntó Vito con una afirmación de cabeza.
—No, luego regreso. Me baño rapidísimo.
—¿Y si vamos todos a tu casa y te esperamos?. Si no tienes problema, claro.

—Padre nuestro que estás en los cielos. Santificado sea tu nombre…

Cuando pidieron la cuenta noté algo que jamás había visto. Cada uno quería pagar lo de todos. Como una comunalidad de borracheras. Se alzaron la voz con insultos seguidos de sonrisas y de expresiones como “Por favor”. Todos sacaron sus carteras; cada uno a excepción de mí, claro. Todavía no cuento con un salario aunque mis padres me hayan hecho creer que a esta edad ya debo tener la vida resuelta.

—…Venga a nosotros tu reino. Hágase su voluntad aquí en la Tierra como en el Cielo.

Salimos juntos hacia casa de Henry Hill.
Esa noche llevaba mi auto. Lo estaba cuasi estrenando y Vito quería verlo, sentirlo. Como todo en mi cuerpecito. Nos llevamos a Carbone y él, al momento de darse cuenta del coche desconocido preguntó de quién era y se extrañó por ver a Vito manejarlo.

—Ya te tienen la confianza hasta para soltarle el auto ¿No, cabrón?— Dijo en tono de burla.

Vito y yo sonreímos al parabrisas.

Pensé que moriría y me aferré más a mamá. Jamás había sentido un movimiento que modificara el paisaje. Empecé a llorar y a pedirle al Dios católico que nos cuidara.

Tardamos más en llegar a la casa que Henry Hill en bañarse. Lo encontramos en la puerta. Llevaba pantalón de mezclilla, camisa blanca, saco negro y un collar de bolitas de barro. Olía a jazmínes con menta.

Fue ese sentimiento que nace del miedo: La sensación de eternidad, de lentitud de un acontecimiento lo que hizo que 45 segundos parecieran 5 minutos cuando se ve un cronómetro.

Vito, Carbone y Cicero convencieron a Henry Hill de quedarse para tomar una copa antes de ir al bar.

La casa huele a lluvia, a humedad que hace nacer al musgo, los patios son empedrados, mojados, los cuartos de adobe con decoración de objetos antiguos y curvilíneos de cobre oxidado. En las paredes tiene pieles y muebles viejos con libros de todo tipo. En las recámaras hay novelas, en el baño está la poesía, en el patio están los almanaques de arte y en la sala los libros de filosofía.

La cocina está fuera, (donde por supuesto hay libros pero de cocina) rodeada de envases de cristal súper transparente rellenos de todo tipo de especias y condimentos exóticos con nombres aún más exóticos: cardamomo, paprika, asa fétida.

Nos sentamos en la mesa rectangular de caoba.

Mi quijada comenzó a doler. A sentirse rígida. Mamá seguía rezando y yo pensé en el poste de luz que estaba tras nosotras.

—¿Y tus papás no te dicen nada que estés tan tarde con hombres mayores? — Preguntó Henry Hill con su voz grave y excelente dicción.
—No, no lo saben. — Contesté con una mala dicción mientras bajaba la mirada.
—Jaja. Como los pobres padres de Vito, cómo sufrieron con este cabrón ¡eh!. — Exclamó Cicero.
—Sí. ¿Te acuerdas cuando nos fuimos a la playa y nos buscaron por todos lados? — Agregó Carbone.
—Casi nos matamos en el Jeep de Henry. — Afirmó Vito.

Los 7.5 Grados en la Escala de Ritcher terminaron.

—Es que en ese entonces los celulares eran enormes, seguramente tú nunca los conociste. Tenía uno del tamaño de un ladrillo y ya te imaginarás para contestar. Mi madre me andaba buscando y nosotros camino a Puerto, llamó mi hermana y me gritó: “Dónde chingada madre estás. Mamá te anda buscando. Te la voy a pasar.” En ese momento oímos un estruendo venir desde las montañas “Crughhhhhhhhhhh”. — Me dijo Vito mientras levantaba los brazos y veía al techo. Yo lo veía con ojos sorprendidos.

Estábamos a una cuadra de la primaria. Mamá me alejó y me tomó de la mano para correr hacia la escuela y ver a mi hermana. Entramos y las lloriqueadas de los niños me hicieron llorar también. Una escuela entera lanzando lamentos es algo tenebroso. Los adultos, asustados también, eran insuficientes para mermar los ánimos.

—Nosotros pensamos que era un alud. Henry manejaba y afortunadamente lo hace estupendo porque si no, no estaríamos contándote. Imagínate que la tierra empieza a caer delante de nosotros y las piedras enormes detrás.
—Sí, wey. Recuerdo que pensé por un momento pensé en frenar pero un instinto de supervivencia me dijo que acelerara. Y qué bueno que lo hice porque detrás de nosotros el camino se iba destruyendo, aparte de que el voladero nos hacía ojitos, ¿Te acuerdas?.
—Yo nada más volteé, vi todo el desmadre y pensé: “Hasta aquí llegamos”. —Dijo Vito riendo. —Nos echaron el Diablo.

El maestro de educación física, en medio del patio principal de la escuela, vio hacia todos lados, puso sus manos en la cintura, se quitó la gorra y se rascó la cabeza, alzó los brazos para agitarlos de arriba abajo mientras gritaba “Atención por favor”. Disminuyeron los llantos, los gritos y las voces agudas de las mamás hasta quedar solo en murmullos, aunque no faltó el llanto estrépito . El maestro inhaló hondo y enunció: “Se suspenden las clases hasta el día de mañana. Pueden llevarse a sus hijos.” Algunas madres de familia no esperaron a que acabara y tomaron a sus crías de la mano e incluso, a los más pequeños los cargaron.
Mi hermana estaba sentada en su pupitre, más tranquila de lo que esperaba. Yo estaba vuelta loca, sentía un dolor en el pecho, la quijada me dolía y los ojos me pesaban. Ella solo miraba con los ojos engrandecidos.

—Mientras mi pobre madre al teléfono. Y nosotros en esas pinches curvas.

Esa noche me acosté, me acurruqué, cerré los ojos y no pude dormir.

—Bueno, el caso es que no supimos que fue temblor hasta que llegamos a Puerto Ángel. Y eso porque la gente lloraba y bardas y paredes de las casas estaban molidas en el suelo. Destruidas. Una cosa impresionante. Si no, ya nos estábamos volviendo locos. — Interrumpió Henry Hill.

—En ese momento entendimos. Me acuerdo que todavía llegamos y nos acostamos en la playa. Y ooootro temblor. Yo puse mis manos en la arena y sentías como si algo vivo pataleara debajo. Sentir algo así en la orilla del mar es aún más macabro. — Siguió Vito.

— Piensas que viene un tsunami y que te va a cargar la chingada. — Agregó Carbone riendo.

—Seguramente Laniakea todavía ni nacía. Aseguró Vito mientras me veía.

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Nunca pregunté a alguna persona qué estaba haciendo ese 30 de septiembre, y, 17 años después, supe lo que el hombre amado vio y vivió. El relato llegó sin advertirlo, como los encuentros con nuestras madres, como las flores, como esa noche.

Sucesos sin aparente relación que chocan años después.

Tenía 4 años. Era una niña.

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