Ópera prima

No fue la infancia.
Ni la primaria, ni el salón.
Ni la presión social que todo lo ve.
No. No fue nada de eso.

A los 10 años, se supone, todavía no se ha tenido la primera relación sexual.
A los 10 años se está en quinto de primaria dicen los papás.

O tal vez haya sido todo.

Los extraños personajes que desayunan antes de ir a la escuela. O la niña que tiene listones en las trenzas o alguna con calcetas percudidas.
O el niño que se desmaya en el homenaje mientras se canta el glorioso himno nacional.

Los niños se exaltan mientras el profesor de educación física corre a cargarlo y a llevarlo a la cama de la dirección que no es una cama sino un escritorio. El mismo escritorio en el que hay copias y carpetas con sellos que no han cambiado desde la fundación de la escuela. Esa escribanía con un velo de vidrio que lo cubre de los rayones que los directores, que, a veces por accidente, hacen con tal de meter, debajo de ello, alguna foto del Día del maestro con los maestros, o alguna de él con el comité de padres de familia; para trascender en ese cuarto, y en esa primaria.

Dejan al niño desmayado y con su cuerpecito aplasta las caras de esas póstumos retratos. Se escuchan, desde fuera, indicaciones de la maestra que dice Esto es normal, no se asusten, no se apuren, rompan filas, vayan a sus salones.
La escolta, que aún tiene que ir a dejar la bandera nacional, entra a la dirección, niñas, que se suponen, tienen el mejor promedio de la escuela pero a veces eso no es cierto, solo son altas y algunas de ellas, consentidas del maestro de educación física. El mismo que lleva a los desmayados al cuarto donde solo alumnos privilegiados entran. Un privilegio que se gana con calificaciones, con belleza o con mala conducta y no solo de los alumnos. Es normal.

La unión de los pedazos de tela de color verde, blanco y rojo se deja en el nicho de honor, que no es más que una cabina esquinada de vidrio con contornos de aluminio dorado. La abanderada la saluda después de cerrar ese segurito que hace clic, la ve (a la bandera) hacia arriba y mientras se pierde pensando en cuándo descubrirá lo especial de ese pedazo de tela, el niño desmayado abre los ojos para mostrar su peor cara. Es como si acabara de despertar, ni siquiera habla, solo ve al techo y aprieta los labios y de repente voltea y ve a la niña abandera que lo ve desde el frente del nicho de honor. El maestro de educación física los ve a los dos.
Afuera, alguien llama a la madre del niño desmayado para que vaya por él, porque aunque es normal, tienen que llevarlo a reposar a casa. Y todos los niños lo envidian porque se irá a su sala a ver caricaturas o novelas.
Pero no contesta, la madre no contesta. Entonces su maestra de quinto año -que también está en esas fotos que el niño ahora aplasta- es una señora gorda de cabello lacio y muy corto que lleva 4 anillos de imitación de oro en cada mano que entra a la dirección y le dice al profesor que lleve al niño al salón.

La abandera ve la falsa riqueza de la maestra y luego ve el cabello corto, muy corto, que no cubre las orejas. La que días antes hizo una reunión con los padres de familia del quinto año grupo B, les dijo que las niñas tenían que ir con el cabello en dos trenzas, bien peinadas. Y los niños con una raya en medio de la cabeza y con mucho gel. Nadie con aretes, ni con accesorios, ni con otro tipo de suéter (aun cuando el invierno cale los pulmones), con calcetas blancas largas con hoyitos que formen filas, no flores, ni curvas, ni algún otro tipo de patrón que saliera de esas filas, como las filas de los homenajes.

Entraron al salón donde todos están sentados por orden de lista. Los apellidos con las primeras letras del abecedario van enfrente del escritorio de la maestra, y también, por supuesto, son los primeros en ser revisados cuando dejan tarea, que es siempre.
La niña abanderada está en la última fila, al lado de la pared, donde hay un espacio entre el pequeño pupitre y el concreto amarillo, curiosamente, del ancho de la maestra, y del color que todos los profesores de la escuela primaria creen neutral.
Ella no lo sabe, pero pronto esa pared será dolorosa, pero solo para ella.

El niño desmayado ve las manos de la maestra, quien desde su escritorio, trata de explicar cómo dividir. También ve cómo unas niñas con calcetas percudidas, las dos, murmuran y se ríen. De repente la profesora grita y le dice a una de ellas que pase al frente. La niña de las calcetas más percudidas empieza a respirar rápido y se deja oír en todo el salón. Le dice que escriba una división y ella lo hace. Lo hace despacio como queriendo alargar el tiempo para pensar en cómo salir de aquello; para que la maestra se desespere y le diga que mejor se siente. Pero eso no pasa. La maestra espera, paciente, a que la niña acabe de dibujar, con el brazo estirado, el símbolo chueco en el pizarrón, y a que con sus deditos lo acabe de delinear borrando imperfecciones.
Los demás niños están en silencio, apenas se escucha el golpecito de las patas asimétricas de un pupitre contra el suelo y la niña piensa y se arrepiente de haber estado platicando con su amiga, quien, ahora, ni siquiera le dirige la mirada.
La maestra vuelve a gritar pero ahora en dirección a la niña con las calcetas percudidas que observa la operación fijamente. Y segundos después ella baja la cabeza y ve sus zapatos de charol negro y piensa que no se ven bien con sus calcetas percudidas. Piensa en que la maestra no debería de ser su maestra, que le debió haber tocado a los del A que son los enemigos del B, y que ellos, es decir, su grupo, debe tener a la maestra de los del C, que es delgada, tiene cabello largo y da sellos de colores por cada tarea que realicen.

La maestra grita de nuevo, le dice que se apure a hacer la división y la niña empieza a contar con los dedos. La maestra se levanta, con su mano izquierda da un palmazo al escritorio que no tiene velo de vidrio como el del director y le dice

—Lo que tienes de gorda lo tienes de tonta. Siéntate.

La niña obedece. Y ahora camina despacio, pero ya no para alargar el tiempo, sino porque le tiemblan las piernas, aprieta sus labios, y aprieta también su falda para hacer desaparecer una tablita, la que más se esmeró en planchar su mamá en la mañana, antes de que ella despertara. Hasta le dijo que se vistiera después de desayunar para que esa tablita no se arrugara, pero que, ahora, se volvió un rayo.
Su amiga sigue cabizbaja, no la ve, no quiere encontrarse ninguna mirada, en especial la de la maestra que ahora busca a alguien más que resuelva la operación del pizarrón.
El niño desmayado, quien está hasta atrás, tiene la suerte de que una cabeza de uno de sus compañeros lo cubra del campo de visión de la profesora, entonces él puede ver a cualquier lado y decide voltear a la niña abanderada quien tienta un cajoncito que está debajo de su pupitre, ve que hay basura del zacapuntas, una bolsa de plástico con popote y un chicle usado. La niña abandera no aparta la vista del pizarrón pero sus manos tientan de un lado a otro toda la basura y cuando toca el chicle saca la mano, se limpia con su falda y la mira fruncir el ceño mientras saca la lengua. Al niño también le da asco.
La maestra menciona el nombre de la niña abandera y le pasa exactamente lo que a la niña con las calcetas percudidas, pero tiene la ventaja de haber, intentado ya, resuelto la operación en su mente con ayuda de los dedos debajo del pupitre lleno de basura que alguien más metió ahí. Toma el gis y empieza a escribir un número y la maestra dice NO. La niña responde Sí. La maestra vuelve a decir No.

—Eso está mal.¿Qué no sabes contar?. — Le dice casi escupiendo en su cara.

La niña abanderada no duda de su resultado pues lo contó y lo rectificó dos veces. Pero la maestra no deja contar con los dedos, dice que eso es para gente tonta. Entonces ella no sabe cómo demostrárselo y sólo le repite Sí.
La profesora golpea de nuevo sus anillos contra el escritorio 3 veces seguidas y grita No también tres veces seguidas. La niña no lo piensa y le dice Sí de nuevo y le cuenta enfrente de su cara, casi escupiendo también, con los dedos

—28 para 31 son 3. 29, 30, 31.

Entonces la profesora se queda callada, frunce el ceño, se sienta y contesta

—Sigue pues. Pero no se dice “caben”. Se dice “toca”, niña.

La niña abanderada termina y se sienta, se incorpora a su asiento y al momento de voltear a la pared ella sonríe y solo esa pared la ve.

El recreo se anuncia con un niño que sonríe y pasa corriendo desde el salón donde la maestra del C da clases, a ella le tocaba guardia esta semana. Pocos segundos después, el timbre suena y a nadie asusta. Nadie lo considera una sorpresa pero se alegran como si lo fuera.
Los niños del B tienen que salir en fila, ordenados, primero los de que su apellido empieza con la letra A. Siempre son ellos primero. La segunda fila donde una de las niñas de las calcetas percudidas está; la tercera, la de la niña de los zapatos de charol y donde el niño desmayado se sienta; la cuarta; y por último, la quinta donde se encuentra la niña abanderada.

Todos salen, se separan. Se mezclan con los enemigos, con los más chicos, con los más grandes, con el maestro de educación física, con la maestra del C. Y se van a comer, a correr, a sudar para que después el salón huela a una mezcla de torta, sudor y jugo artificial, y nadie recuerde el aroma de la mañana.

Las niñas de las calcetas percudidas comen juntas, se ríen otra vez. Y la niña abandera piensa en la coincidencia de esas risas, ella siempre las escucha, siempre están cerca.

El niño desmayado va al portón para ver a su mamá que le lleva el desayuno. La maestra llega poco después y le cuenta a la madre que el niño se desmayó entonces dice:

—No es necesario que vaya en la tarde a la casa. Que descanse.

Y la mamá agradece, dice

—Muchas gracias maestra. Ay, es que este niño no entiende, le he dicho que se tome su jugo pero no hace caso, verá usted.

Le da la mano, y se dan un beso en la mejilla. El niño se siente aliviado. Desde hace mes y medio ha estado yendo, junto con otros 10 niños, a la casa de la maestra 3 horas de lunes a viernes. A 10 pesos la hora, con el pretexto de repasar lo visto en clase y sacar 10 en los exámenes bimestrales. Y una amiga de la niña abandera, le contó, que les enseña los próximos exámenes para ver cada una de las preguntas que contestarán. Por eso siempre salen bien.
Y la mamá de esa amiga le contó a la mamá de la niña abanderada, también.
Entonces el papá de la niña abandera, al enterarse de esto le compró todos los exámenes para que repasara y también sacara 10. Como los niños que iban todas las tardes a ver los 4 anillos en cada mano.

Y funcionaba, sacaba exactamente las mismas calificaciones que todos ellos y la maestra no entendía. O no se quería dar cuenta, o le gustaba jugar a eso.
“Su caballito de batalla” le decía al niño desmayado.

Tocaron el timbre de nuevo. Esta vez nadie lo esperaba. Ese timbrazo es el más impertinente de todos los timbrazos en la primaria.

Entran todos a su salón. La niña abanderada es una de las primeras, se sienta en su pupitre, voltea a la ventana y de reojo ve algo escrito en la pared. Su corazón late más rápido y respira más rápido también. Lo ve. Ve dos palabras. Se sienta en el piso y con su cuerpo tapa esas dos palabras.

Fue todo muy rápido.
Casi siempre es todo muy rápido.

Uno a uno entran y la ven, en el piso, llorando, con las rodillas recogidas hacia su pecho. Le preguntan qué tienen y el niño desmayado se da cuenta de que hay algo escrito detrás de ella, intenta quitarla pero no puede. Intenta ver pero no tampoco puede. Las niñas de las calcetas percudidas están heladas, inmóviles, viéndola llorar. Todos lo hacen. Todos se preguntan qué pasa.

El niño desmayado la logra hacer volver a su silla, le da un pedazo de papel para que se seque las lagrimas que están mojando las tablitas de la falda, las tablitas que su mamá planchó la noche anterior, y entonces todos lo ven. Ven escrito con lápiz el nombre de la niña abanderada seguido de la palabra Puta.

“”Su nombre” puta”

Era la primera vez en su vida que le llamaban así y ni siquiera se molestaron en poner punto final.

La maestra entra. Todos van a sus lugares. Parece un desorden normal.
Entonces, la profesora pasa de largo meneneando su cadera, con el tintineo de sus collares que son también imitación de oro, separa su asiento del escritorio, voltea hacia la pared para acomodarse y sonríe.
Y solo la pared la ve.