Ópera prima

No fue la infancia.
Ni la primaria, ni el salón.
Ni la presión social que todo lo ve.
No. No fue nada de eso.

A los 10 años, se supone, todavía no se ha tenido la primera relación sexual.
A los 10 años se está en quinto de primaria dicen los papás.

O tal vez haya sido todo.

Los extraños personajes que desayunan antes de ir a la escuela. O la niña que tiene listones en las trenzas o alguna con calcetas percudidas.
O el niño que se desmaya en el homenaje mientras se canta el glorioso himno nacional.

Los niños se exaltan mientras el profesor de educación física corre a cargarlo y a llevarlo a la cama de la dirección que no es una cama sino un escritorio. El mismo escritorio en el que hay copias y carpetas con sellos que no han cambiado desde la fundación de la escuela. Esa escribanía con un velo de vidrio que lo cubre de los rayones que los directores, que, a veces por accidente, hacen con tal de meter, debajo de ello, alguna foto del Día del maestro con los maestros, o alguna de él con el comité de padres de familia; para trascender en ese cuarto, y en esa primaria.

Dejan al niño desmayado y con su cuerpecito aplasta las caras de esas póstumos retratos. Se escuchan, desde fuera, indicaciones de la maestra que dice Esto es normal, no se asusten, no se apuren, rompan filas, vayan a sus salones.
La escolta, que aún tiene que ir a dejar la bandera nacional, entra a la dirección, niñas, que se suponen, tienen el mejor promedio de la escuela pero a veces eso no es cierto, solo son altas y algunas de ellas, consentidas del maestro de educación física. El mismo que lleva a los desmayados al cuarto donde solo alumnos privilegiados entran. Un privilegio que se gana con calificaciones, con belleza o con mala conducta y no solo de los alumnos. Es normal.

La unión de los pedazos de tela de color verde, blanco y rojo se deja en el nicho de honor, que no es más que una cabina esquinada de vidrio con contornos de aluminio dorado. La abanderada la saluda después de cerrar ese segurito que hace clic, la ve (a la bandera) hacia arriba y mientras se pierde pensando en cuándo descubrirá lo especial de ese pedazo de tela, el niño desmayado abre los ojos para mostrar su peor cara. Es como si acabara de despertar, ni siquiera habla, solo ve al techo y aprieta los labios y de repente voltea y ve a la niña abandera que lo ve desde el frente del nicho de honor. El maestro de educación física los ve a los dos.
Afuera, alguien llama a la madre del niño desmayado para que vaya por él, porque aunque es normal, tienen que llevarlo a reposar a casa. Y todos los niños lo envidian porque se irá a su sala a ver caricaturas o novelas.
Pero no contesta, la madre no contesta. Entonces su maestra de quinto año -que también está en esas fotos que el niño ahora aplasta- es una señora gorda de cabello lacio y muy corto que lleva 4 anillos de imitación de oro en cada mano que entra a la dirección y le dice al profesor que lleve al niño al salón.

La abandera ve la falsa riqueza de la maestra y luego ve el cabello corto, muy corto, que no cubre las orejas. La que días antes hizo una reunión con los padres de familia del quinto año grupo B, les dijo que las niñas tenían que ir con el cabello en dos trenzas, bien peinadas. Y los niños con una raya en medio de la cabeza y con mucho gel. Nadie con aretes, ni con accesorios, ni con otro tipo de suéter (aun cuando el invierno cale los pulmones), con calcetas blancas largas con hoyitos que formen filas, no flores, ni curvas, ni algún otro tipo de patrón que saliera de esas filas, como las filas de los homenajes.

Entraron al salón donde todos están sentados por orden de lista. Los apellidos con las primeras letras del abecedario van enfrente del escritorio de la maestra, y también, por supuesto, son los primeros en ser revisados cuando dejan tarea, que es siempre.
La niña abanderada está en la última fila, al lado de la pared, donde hay un espacio entre el pequeño pupitre y el concreto amarillo, curiosamente, del ancho de la maestra, y del color que todos los profesores de la escuela primaria creen neutral.
Ella no lo sabe, pero pronto esa pared será dolorosa, pero solo para ella.

El niño desmayado ve las manos de la maestra, quien desde su escritorio, trata de explicar cómo dividir. También ve cómo unas niñas con calcetas percudidas, las dos, murmuran y se ríen. De repente la profesora grita y le dice a una de ellas que pase al frente. La niña de las calcetas más percudidas empieza a respirar rápido y se deja oír en todo el salón. Le dice que escriba una división y ella lo hace. Lo hace despacio como queriendo alargar el tiempo para pensar en cómo salir de aquello; para que la maestra se desespere y le diga que mejor se siente. Pero eso no pasa. La maestra espera, paciente, a que la niña acabe de dibujar, con el brazo estirado, el símbolo chueco en el pizarrón, y a que con sus deditos lo acabe de delinear borrando imperfecciones.
Los demás niños están en silencio, apenas se escucha el golpecito de las patas asimétricas de un pupitre contra el suelo y la niña piensa y se arrepiente de haber estado platicando con su amiga, quien, ahora, ni siquiera le dirige la mirada.
La maestra vuelve a gritar pero ahora en dirección a la niña con las calcetas percudidas que observa la operación fijamente. Y segundos después ella baja la cabeza y ve sus zapatos de charol negro y piensa que no se ven bien con sus calcetas percudidas. Piensa en que la maestra no debería de ser su maestra, que le debió haber tocado a los del A que son los enemigos del B, y que ellos, es decir, su grupo, debe tener a la maestra de los del C, que es delgada, tiene cabello largo y da sellos de colores por cada tarea que realicen.

La maestra grita de nuevo, le dice que se apure a hacer la división y la niña empieza a contar con los dedos. La maestra se levanta, con su mano izquierda da un palmazo al escritorio que no tiene velo de vidrio como el del director y le dice

—Lo que tienes de gorda lo tienes de tonta. Siéntate.

La niña obedece. Y ahora camina despacio, pero ya no para alargar el tiempo, sino porque le tiemblan las piernas, aprieta sus labios, y aprieta también su falda para hacer desaparecer una tablita, la que más se esmeró en planchar su mamá en la mañana, antes de que ella despertara. Hasta le dijo que se vistiera después de desayunar para que esa tablita no se arrugara, pero que, ahora, se volvió un rayo.
Su amiga sigue cabizbaja, no la ve, no quiere encontrarse ninguna mirada, en especial la de la maestra que ahora busca a alguien más que resuelva la operación del pizarrón.
El niño desmayado, quien está hasta atrás, tiene la suerte de que una cabeza de uno de sus compañeros lo cubra del campo de visión de la profesora, entonces él puede ver a cualquier lado y decide voltear a la niña abanderada quien tienta un cajoncito que está debajo de su pupitre, ve que hay basura del zacapuntas, una bolsa de plástico con popote y un chicle usado. La niña abandera no aparta la vista del pizarrón pero sus manos tientan de un lado a otro toda la basura y cuando toca el chicle saca la mano, se limpia con su falda y la mira fruncir el ceño mientras saca la lengua. Al niño también le da asco.
La maestra menciona el nombre de la niña abandera y le pasa exactamente lo que a la niña con las calcetas percudidas, pero tiene la ventaja de haber, intentado ya, resuelto la operación en su mente con ayuda de los dedos debajo del pupitre lleno de basura que alguien más metió ahí. Toma el gis y empieza a escribir un número y la maestra dice NO. La niña responde Sí. La maestra vuelve a decir No.

—Eso está mal.¿Qué no sabes contar?. — Le dice casi escupiendo en su cara.

La niña abanderada no duda de su resultado pues lo contó y lo rectificó dos veces. Pero la maestra no deja contar con los dedos, dice que eso es para gente tonta. Entonces ella no sabe cómo demostrárselo y sólo le repite Sí.
La profesora golpea de nuevo sus anillos contra el escritorio 3 veces seguidas y grita No también tres veces seguidas. La niña no lo piensa y le dice Sí de nuevo y le cuenta enfrente de su cara, casi escupiendo también, con los dedos

—28 para 31 son 3. 29, 30, 31.

Entonces la profesora se queda callada, frunce el ceño, se sienta y contesta

—Sigue pues. Pero no se dice “caben”. Se dice “toca”, niña.

La niña abanderada termina y se sienta, se incorpora a su asiento y al momento de voltear a la pared ella sonríe y solo esa pared la ve.

El recreo se anuncia con un niño que sonríe y pasa corriendo desde el salón donde la maestra del C da clases, a ella le tocaba guardia esta semana. Pocos segundos después, el timbre suena y a nadie asusta. Nadie lo considera una sorpresa pero se alegran como si lo fuera.
Los niños del B tienen que salir en fila, ordenados, primero los de que su apellido empieza con la letra A. Siempre son ellos primero. La segunda fila donde una de las niñas de las calcetas percudidas está; la tercera, la de la niña de los zapatos de charol y donde el niño desmayado se sienta; la cuarta; y por último, la quinta donde se encuentra la niña abanderada.

Todos salen, se separan. Se mezclan con los enemigos, con los más chicos, con los más grandes, con el maestro de educación física, con la maestra del C. Y se van a comer, a correr, a sudar para que después el salón huela a una mezcla de torta, sudor y jugo artificial, y nadie recuerde el aroma de la mañana.

Las niñas de las calcetas percudidas comen juntas, se ríen otra vez. Y la niña abandera piensa en la coincidencia de esas risas, ella siempre las escucha, siempre están cerca.

El niño desmayado va al portón para ver a su mamá que le lleva el desayuno. La maestra llega poco después y le cuenta a la madre que el niño se desmayó entonces dice:

—No es necesario que vaya en la tarde a la casa. Que descanse.

Y la mamá agradece, dice

—Muchas gracias maestra. Ay, es que este niño no entiende, le he dicho que se tome su jugo pero no hace caso, verá usted.

Le da la mano, y se dan un beso en la mejilla. El niño se siente aliviado. Desde hace mes y medio ha estado yendo, junto con otros 10 niños, a la casa de la maestra 3 horas de lunes a viernes. A 10 pesos la hora, con el pretexto de repasar lo visto en clase y sacar 10 en los exámenes bimestrales. Y una amiga de la niña abandera, le contó, que les enseña los próximos exámenes para ver cada una de las preguntas que contestarán. Por eso siempre salen bien.
Y la mamá de esa amiga le contó a la mamá de la niña abanderada, también.
Entonces el papá de la niña abandera, al enterarse de esto le compró todos los exámenes para que repasara y también sacara 10. Como los niños que iban todas las tardes a ver los 4 anillos en cada mano.

Y funcionaba, sacaba exactamente las mismas calificaciones que todos ellos y la maestra no entendía. O no se quería dar cuenta, o le gustaba jugar a eso.
“Su caballito de batalla” le decía al niño desmayado.

Tocaron el timbre de nuevo. Esta vez nadie lo esperaba. Ese timbrazo es el más impertinente de todos los timbrazos en la primaria.

Entran todos a su salón. La niña abanderada es una de las primeras, se sienta en su pupitre, voltea a la ventana y de reojo ve algo escrito en la pared. Su corazón late más rápido y respira más rápido también. Lo ve. Ve dos palabras. Se sienta en el piso y con su cuerpo tapa esas dos palabras.

Fue todo muy rápido.
Casi siempre es todo muy rápido.

Uno a uno entran y la ven, en el piso, llorando, con las rodillas recogidas hacia su pecho. Le preguntan qué tienen y el niño desmayado se da cuenta de que hay algo escrito detrás de ella, intenta quitarla pero no puede. Intenta ver pero no tampoco puede. Las niñas de las calcetas percudidas están heladas, inmóviles, viéndola llorar. Todos lo hacen. Todos se preguntan qué pasa.

El niño desmayado la logra hacer volver a su silla, le da un pedazo de papel para que se seque las lagrimas que están mojando las tablitas de la falda, las tablitas que su mamá planchó la noche anterior, y entonces todos lo ven. Ven escrito con lápiz el nombre de la niña abanderada seguido de la palabra Puta.

“”Su nombre” puta”

Era la primera vez en su vida que le llamaban así y ni siquiera se molestaron en poner punto final.

La maestra entra. Todos van a sus lugares. Parece un desorden normal.
Entonces, la profesora pasa de largo meneneando su cadera, con el tintineo de sus collares que son también imitación de oro, separa su asiento del escritorio, voltea hacia la pared para acomodarse y sonríe.
Y solo la pared la ve.

¿Cómo te va?

¿Cómo te va entre semana con tu nueva novia?
Más fácil ¿Verdad?
¿Cuándo-Pronto-se alejó de ti mi recuerdo con todo este internet..?
(¿O aun no se ha ido?)
No, no lo sé.

¿Cómo te va junto una simple mujer sin divinidad?
No quiero decir que yo la tenga.
Pero ve-te.

¿Cómo vives? ¿Te preocupas?
¿Te sigues enfadando?

Te aburres. Lo apuesto.

Sin esos altibajos,
tu relación estable debe ser abrumadora.

Estable.

Yo, que sé que de la completa serenidad te hostigas.
¿Cómo estás al levantarte?
¿Feliz? Qué aburrido.
¿Cómo te va, tú que me dijiste “Me vas a extrañar”?

¿Cómo te va con cualquiera?
¿Es el calor más soportable?
¿La lluvia más cálida?

No.

Lo sé.

No me lo tienes que decir.

Si no discuten, mal.

¿Cómo puedes vivir con una persona con los pies en la Tierra, tú, alienígena extrasolar?

¿Cómo convives tan distinto a nosotros?

¿Cómo en va en la vida? ¿Estás sano?
¿Te has curado?
¿Los sueños te siguen trastornando?

Lo inesperado, ¿Se hace ver? ¿Te visita alguna vez?

¿Cómo te va con un producto del imaginario colectivo? ¿Tiene ideas propias?
¿O se deja arrasar por las de su grupo igual?

¿Cómo te va con una estatua de Andriacci?

¿Estás harto ya de esos discursos altivos de mujer?

Cansado de mi luz propia, ¿Cómo te va con un simple material reflectante?

Venga. Con franqueza, mi amor.
Pero en serio.
¿No?

¿Cómo se vive un amor sin profundidad?
Cuesta, ¿Verdad?
¿Te cuesta tanto como a mí con otro?.

-Gracias, Marina Tsvetáieva (1892-1941) por haberme dado la inspiración-

1999 (Tú todavía ni nacías)

—Tú todavía ni nacías.— Me dijo. Lo cierto es que ya existía, tenía 4 años.

Caminaba con mi madre a la primaria en donde mi hermana y yo estudiamos. De mi casa a la escuela son entre 7 y 10 minutos dependiendo de la velocidad a la que se vaya.

Una señora se acercó a vendernos flores mientras cenábamos y Vito las compró. Me las dio y dijo: “Cuando vayamos con mis amigos se las das. Te van a amar. “

En ese camino existe una curva que, para las proporciones de la cabecera municipal, es muy pronunciada. Justo en el interior de esa curva hay un voladero que, también para mí (por la edad), parecía muy hondo.

Llegamos a “El Pez”. El nombre le va perfecto. Huele, incluso desde fuera, a coctel variado: tacos de pescado, camarones, mojitos y margaritas congeladas. Y también desde el otro lado de la calle, se aprecia la puerta entreabierta que deja ver la media luz, amarilla, cálida que hace ver a todos con una textura más tersa.

En el fondo, había un río rodeado de carrizos verdes y húmedos, jazmines que hacían oler toda la cuadra.

Para entrar se tiene que subir un escalón, nada difícil para alguien de mi edad pero, por un momento, imaginé el pequeño esfuerzo que tuvieron que hacer los amigos de Vito. El humor involuntario de esa escena me hizo reír.
La edad pesa, según ellos. Yo no lo sé.

Hoy solo hay arena.

En la barra los amigos de Vito. Eran los únicos en todo el local y sus carcajadas se escuchaban cada vez más fuerte, y menos terroríficas, conforme nos acercamos. Pero quién sabe. No imaginaba si ellos, con su sola presencia, manaban terror.

Mi parte favorita del camino siempre fue esa curva. Imaginaba el cauce debajo de mis pies y sentía un vacío en el abdomen que duraba solo unos segundos. El frescor traspasaba el pavimento.

Me dejó entrar primero y el pánico se manifestó en forma de dar vueltas tratando de postergar el momento. Inútil. Fui empujada por las flores que llevamos para ellos y por la mano briosa en la espalda baja del Padrino, una manoseada justo antes de entrar a su campo visual.

Yo no lo sabía, pero ese es uno de los momentos y recuerdos más emblemáticos de lo que hasta ahora llevo de vida.

Al verme, los 3 sonrieron. Tenían cara de gánsters de Scorsese y posaban como personajes de película de Scorsese.

Era jueves. 30 de septiembre de 1999. 11:31 y mamá y yo llevábamos el desayuno a mi hermana. Empezó el temblor.

Les di el ramito de flores moradas. Me invitaron a sentarme. Vito tuvo razón, me amaron.

—¿Dónde vives?— Preguntó Henry Hill.
—En Atzompa— Contesté.

Bastó esa sola palabra para que emergieran anécdotas de fechas en las que yo todavía no existía. Hablaron de sus gloriosos 20 enfatizando frases como “¿Te acuerdas?”

A 21 años todavía tengo la película en mi cabeza.

Henry Hill, Carbone y Cicero llevaban desde las 2 de la tarde bebiendo mojitos casi congelados y lo raro es que, Cicero, también llevaba 2 días completos sin dormir.
—Lo peor es que se acuesta, se acurruca, cierra los ojos y no duerme.
—Pero no pasa nada. — Dijo.

Las casas, los postes de luz, los árboles e incluso el polvo del pavimento y las personas que pasaban por ahí se movieron en desigual. Sus pesos hacían que la gravedad jugase un juego visual estrepitoso.

Recordé Cien años de soledad. Pensé que la peste del insomnio había comenzado y que el paciente cero estaba con nosotros. Imaginé que seríamos los primeros contagiados, el caos que vendría en el mundo, la locura, el olvido. No era nada de eso.

Fue una oscilación pertinaz.

—Pásenle a la niña una limonada, por favor.— Ordenó Vito a los chicos que atendían.

Me sonrojé. Decirme “niña” en medio de cuarentas, cincuentas y sesentas no fue nada incómodo pues ahí lo era. Menuda expresión que me alboroza.

El movimiento nos sacudió. Mamá alcanzó a tomarme de la mano y llevarme hacia ella antes del segundo jalón. Me abrazó y cubrió mis ojos a costa de apretones en la cara, lamenté no poder cubrirle la vista como ella a mí. Sin querer dejó un resquicio y observé el caos que recién comenzaba.

Henry Hill quería bañarse. Se sentía acedo. Habían estado bebiendo desde quién sabe cuándo, al parecer, desde hace dos días, los mismo que Cicero no dormía.
Carbone y Vito trataron de convencerlo con argumentos sobre su aspecto físico.

—Aún así te ves guapo, cabrón. Todos los saben.

Henry Hill es alto, posee una voz gruesa y las palabras le salen con una excelente dicción; tiene algunas canas, cabello lacio y cara simétrica que le deja ver adulto, maduro pero sin una sola arruga. Además de tener el talento de verse fresco aunque haga un calor tremendo. No suda.

No lo convencieron.

—¿Y nos vas a dejar aquí S-O-L-O-S?— Preguntó Vito con una afirmación de cabeza.
—No, luego regreso. Me baño rapidísimo.
—¿Y si vamos todos a tu casa y te esperamos?. Si no tienes problema, claro.

—Padre nuestro que estás en los cielos. Santificado sea tu nombre…

Cuando pidieron la cuenta noté algo que jamás había visto. Cada uno quería pagar lo de todos. Como una comunalidad de borracheras. Se alzaron la voz con insultos seguidos de sonrisas y de expresiones como “Por favor”. Todos sacaron sus carteras; cada uno a excepción de mí, claro. Todavía no cuento con un salario aunque mis padres me hayan hecho creer que a esta edad ya debo tener la vida resuelta.

—…Venga a nosotros tu reino. Hágase su voluntad aquí en la Tierra como en el Cielo.

Salimos juntos hacia casa de Henry Hill.
Esa noche llevaba mi auto. Lo estaba cuasi estrenando y Vito quería verlo, sentirlo. Como todo en mi cuerpecito. Nos llevamos a Carbone y él, al momento de darse cuenta del coche desconocido preguntó de quién era y se extrañó por ver a Vito manejarlo.

—Ya te tienen la confianza hasta para soltarle el auto ¿No, cabrón?— Dijo en tono de burla.

Vito y yo sonreímos al parabrisas.

Pensé que moriría y me aferré más a mamá. Jamás había sentido un movimiento que modificara el paisaje. Empecé a llorar y a pedirle al Dios católico que nos cuidara.

Tardamos más en llegar a la casa que Henry Hill en bañarse. Lo encontramos en la puerta. Llevaba pantalón de mezclilla, camisa blanca, saco negro y un collar de bolitas de barro. Olía a jazmínes con menta.

Fue ese sentimiento que nace del miedo: La sensación de eternidad, de lentitud de un acontecimiento lo que hizo que 45 segundos parecieran 5 minutos cuando se ve un cronómetro.

Vito, Carbone y Cicero convencieron a Henry Hill de quedarse para tomar una copa antes de ir al bar.

La casa huele a lluvia, a humedad que hace nacer al musgo, los patios son empedrados, mojados, los cuartos de adobe con decoración de objetos antiguos y curvilíneos de cobre oxidado. En las paredes tiene pieles y muebles viejos con libros de todo tipo. En las recámaras hay novelas, en el baño está la poesía, en el patio están los almanaques de arte y en la sala los libros de filosofía.

La cocina está fuera, (donde por supuesto hay libros pero de cocina) rodeada de envases de cristal súper transparente rellenos de todo tipo de especias y condimentos exóticos con nombres aún más exóticos: cardamomo, paprika, asa fétida.

Nos sentamos en la mesa rectangular de caoba.

Mi quijada comenzó a doler. A sentirse rígida. Mamá seguía rezando y yo pensé en el poste de luz que estaba tras nosotras.

—¿Y tus papás no te dicen nada que estés tan tarde con hombres mayores? — Preguntó Henry Hill con su voz grave y excelente dicción.
—No, no lo saben. — Contesté con una mala dicción mientras bajaba la mirada.
—Jaja. Como los pobres padres de Vito, cómo sufrieron con este cabrón ¡eh!. — Exclamó Cicero.
—Sí. ¿Te acuerdas cuando nos fuimos a la playa y nos buscaron por todos lados? — Agregó Carbone.
—Casi nos matamos en el Jeep de Henry. — Afirmó Vito.

Los 7.5 Grados en la Escala de Ritcher terminaron.

—Es que en ese entonces los celulares eran enormes, seguramente tú nunca los conociste. Tenía uno del tamaño de un ladrillo y ya te imaginarás para contestar. Mi madre me andaba buscando y nosotros camino a Puerto, llamó mi hermana y me gritó: “Dónde chingada madre estás. Mamá te anda buscando. Te la voy a pasar.” En ese momento oímos un estruendo venir desde las montañas “Crughhhhhhhhhhh”. — Me dijo Vito mientras levantaba los brazos y veía al techo. Yo lo veía con ojos sorprendidos.

Estábamos a una cuadra de la primaria. Mamá me alejó y me tomó de la mano para correr hacia la escuela y ver a mi hermana. Entramos y las lloriqueadas de los niños me hicieron llorar también. Una escuela entera lanzando lamentos es algo tenebroso. Los adultos, asustados también, eran insuficientes para mermar los ánimos.

—Nosotros pensamos que era un alud. Henry manejaba y afortunadamente lo hace estupendo porque si no, no estaríamos contándote. Imagínate que la tierra empieza a caer delante de nosotros y las piedras enormes detrás.
—Sí, wey. Recuerdo que pensé por un momento pensé en frenar pero un instinto de supervivencia me dijo que acelerara. Y qué bueno que lo hice porque detrás de nosotros el camino se iba destruyendo, aparte de que el voladero nos hacía ojitos, ¿Te acuerdas?.
—Yo nada más volteé, vi todo el desmadre y pensé: “Hasta aquí llegamos”. —Dijo Vito riendo. —Nos echaron el Diablo.

El maestro de educación física, en medio del patio principal de la escuela, vio hacia todos lados, puso sus manos en la cintura, se quitó la gorra y se rascó la cabeza, alzó los brazos para agitarlos de arriba abajo mientras gritaba “Atención por favor”. Disminuyeron los llantos, los gritos y las voces agudas de las mamás hasta quedar solo en murmullos, aunque no faltó el llanto estrépito . El maestro inhaló hondo y enunció: “Se suspenden las clases hasta el día de mañana. Pueden llevarse a sus hijos.” Algunas madres de familia no esperaron a que acabara y tomaron a sus crías de la mano e incluso, a los más pequeños los cargaron.
Mi hermana estaba sentada en su pupitre, más tranquila de lo que esperaba. Yo estaba vuelta loca, sentía un dolor en el pecho, la quijada me dolía y los ojos me pesaban. Ella solo miraba con los ojos engrandecidos.

—Mientras mi pobre madre al teléfono. Y nosotros en esas pinches curvas.

Esa noche me acosté, me acurruqué, cerré los ojos y no pude dormir.

—Bueno, el caso es que no supimos que fue temblor hasta que llegamos a Puerto Ángel. Y eso porque la gente lloraba y bardas y paredes de las casas estaban molidas en el suelo. Destruidas. Una cosa impresionante. Si no, ya nos estábamos volviendo locos. — Interrumpió Henry Hill.

—En ese momento entendimos. Me acuerdo que todavía llegamos y nos acostamos en la playa. Y ooootro temblor. Yo puse mis manos en la arena y sentías como si algo vivo pataleara debajo. Sentir algo así en la orilla del mar es aún más macabro. — Siguió Vito.

— Piensas que viene un tsunami y que te va a cargar la chingada. — Agregó Carbone riendo.

—Seguramente Laniakea todavía ni nacía. Aseguró Vito mientras me veía.

••

Nunca pregunté a alguna persona qué estaba haciendo ese 30 de septiembre, y, 17 años después, supe lo que el hombre amado vio y vivió. El relato llegó sin advertirlo, como los encuentros con nuestras madres, como las flores, como esa noche.

Sucesos sin aparente relación que chocan años después.

Tenía 4 años. Era una niña.

••

Mimetismo

A veces me descubro imitando algunos de tus gestos.
me pregunto en qué momento te dejé penetrarme algo más que la vagina.

Y encuentro que todo se resume a mimetismo.
Enardecimiento.

Cuando nos vemos
de tu pene sale algo más que semen.

emergen diálogos que ahuyentan a los santos y atraen a los demonios que se expulsan de tus testículos trasmutados.

Aquí
cantina oaxaqueña,
no hace falta la palabra hablada
nos bastan las miradas
y el mezcal
la media luz

y otras comunes pertenencias que flotan en magnetósfera de tu aura se forman auroras boreales en tu polo norte
y auroras australes en tu polo sur.

por la eyección de tu genialidad
en la mente

y eyaculación
en tu pene.

Nada detiene tu gangsgtería de alcohol en mis venas,
ninguna ley seca.

de pronto
el aire me toca y se dobla el suelo
cae sobre las putas mezquinidades de mis ex amantes.

La rotación terrestre se acelera mientras el vómito lubrica el baño.
ayuda a dejar los falsos recuerdos de mis falsas vidas pasadas.

En mi sonrisa vertical,
la sangre se concentra
se abre para ti.

No lo piensa.
No hay oportunidad.
No hay tiempo.

Aquí dentro no hacen falta la hablada
tenemos diálogos que formamos con palabras de otros
y amigos que nos apoyan escondidos en sus poorbrecitos prejuicios.

Derramo gota a gota el mezcal en tu glande
te succiono
te corto con mis dientes como el pedazo de carne que eres.

Mandaste a la mierda el dolor,
los recuerdos,
el pudor.

y me eyaculas mundos por conocer

bites de información cinética
y cinéfila
que vienen de conocimientos y experiencias.

me metes información por cualquier resquicio lubricado

o dilatado.

me das terabytes,
no los puedo procesar.

pero sigues

por todos lados

DÁNDOME.

Sí.

Así.

Mimetízate

Me eyaculas auroras boreales.

Aún no lo decido

Olvidé sacar el Shazam de lo borracha que estaba. Mejor dicho, no quise hacerlo. Me dio vergüenza. Yo, la millennial saturada de información estaba de copiloto y fingía vigilar el camino. La verdad estaba más concentrada en averiguar el nombre de la canción que brillaba en el celular junto a la palanca de velocidades estándar. Vi el auxiliar. Era negro con tintes turquesas y amarillos parecidos al color de esa noche. No ayudó en nada a recordar la imagen, quizás así tendría más indicios para obligar a mi mente a evocar una tonada. Los sentidos ayudándose. Traté de concentrarme en grabar en mi mente una frase para después guglearla. Tuve la sensación de haber hecho algo mal en mi vida pues me arrepentí de no haber salido del círculo de sol cuando iba a cursos de guitarra en La Casa de la Cultura. Quizás si supiera leer y escribir música, identificaría notas y no solo sonidos como: (léase con algún ritmo) “Ta ta ran ran tan tan” u otra pendejada así. Fueron momentos frustrantes.

No me acuerdo dónde estábamos ni de qué hablamos. Ni siquiera recuerdo cómo estaba vestida. Peor aún, no recuerdo si todavía estaba vestida. No hubo tiempo nada más que para besos y metidas de mano. La inercia imaginaria de nuestros cuerpos nos llevó hacia el motel del cual hace una semana nos corrieron por haber dejado una nota. Una pequeña ficción que al parecer a nadie más le dio risa. Qué amargada es la gente:

“Me desvirginaron”

Y en esa escena en el auto a las 3 de la mañana, la imagen sonora era la canción que mi padrino sonriéndome desde el volante había puesto en spotify.

 

                                                       “Baby i love youuuuu…”

 

Coreaba el cantante.

En estos tiempos, si no se encuentra algo en internet en máximo 2 segundos, uno tiende a mentar madres y a decir frases como “¿Por qué el internet está tan lento?” Pero en realidad nosotros somos los desesperados. De nada me sirve la World Wide Web si no puedo encontrar una canción con sólo escribir el coro.

Mi padrino volteaba a verme de vez en cuando y me preguntaba si me sentía bien. Creo que dije frases que sólo tenían coherencia en mi cabeza o que él, “por su edad”, no alcanzaba a escuchar. La expresión que utiliza exacerba mi libido y hace que ría.

—¿A mi edad?

Como si fuera mayor.

En una ocasión le dije
—Oiga, me prende mucho.
Y sólo se me contestó
—Qué padre ¿No?. A mi edad…

Es muy joven a comparación del universo. Pero no me cree. Se siente viejo.

Lo conocí por casualidad. Como a todo. Descubrí su mirada libidinosa, atenta, fija, no parpadeante y sus pupilas ya dilatadas se clavaron en mi cara. Sentí una gravedad hacia él.

                                                       “Baby i love youuuuu…”

 Seguía resonando la pinche canción desconocida. Llenaba hasta los huecos de los cinturones de seguridad. Salía de la ventana, retumbaba en el retrovisor, se iba y venía conforme las ondas expansivas chocaban con otros sonidos. Contemplé con la seguridad de haberla escuchado antes pero ¿Dónde?. A veces uno cree reconocer cosas pero no es así. Sólo son algunas neuronas precoces haciendo sinapsis antes que otras para crear ilusión de lo ya vivido. Deja vú.

No puedo describir la instrumentalidad de la canción. Tengo un oído terrible. En los conciertos que ofrece de la orquesta sinfónica de Oaxaca apenas distingo el chelo, hasta he llegado a la terrible conclusión de que si no estuviera no pasaría nada. Me siento avergonzada. Pero para esto debería servir internet. Gugleo “Baby i love youuuuu…”, los tres primeros resultados son de artistas diferentes e incluso llegué a la décima o de goooooooooogle. La frase es mucho más común de lo que pensaba. ¿Quién chingados compone una pista con una oración que la humanidad entera expresa?. Por lo escuchado, mis inferencias son las siguientes: Balada, 80’s, idioma inglés, voz masculina. Ok. Pongo en el buscador de nuevo:

balada de los 80s que dice en el coro baby i love you con voz de hombre

 

Me siento ridícula.

Primer resultado: Yahoo respuestas. Vete a la verga. No quiero a la gente que contesta con copypastes de los resultados de otras páginas de internet aunque, pensándolo bien, en ocasiones existen verdaderas joyas de contestaciones. Click. Respuestas de todo tipo.

“Hola…se llama…. I Should Have Known Better…de Jim Diamond (en castellano lo tradujeron como Debi comprenderlo)…..A Jim le duele mucho cuando canta…fijate el video como esta vestido…y las caritas que hace…es muy buen material de los 80´s (1984) “

“Hola, puede que sea “The power of love”, del grupo “Frankie goes to Hollywood”… es una canción muy bonita, ochentera total, jeje. Dice así mas o menos … aaiaiahhh, feels like fire … I’m so in love with you … the power of loooove, cleaning my soul … Espero haberte ayudado, Salu2.”

“Estas bromeando? Con ese dato nadie te podria ayudar”

“YO TAMBIÉN SIGO BUSCANDO”

“amigo con tu info escASA NO TENGO NI IDEA”

 

Vete por segunda vez a la verga. Llegar a la décima página del buscador ya es demasía. Intenté otras palabras. Tecleé:

Cómo saber el título de una canción

Primer resultado: Cómo encontrar canciones sin saber el título. Aparecieron tres opciones: Shazam, Soundhound, Midomi.com, las primeras son aplicaciones para el teléfono celular y la tercera una página web. Shazam descartado. En Soundhound tenía que tararear más de tres segundos pero para mi mala suerte tenía apenas 3, y aunque traté de alargar el “Baby i love youuuuu…” con mas uuuuuuuu los intentos fracasaron.

En Midomi fue peor, ¿Intentar la tonada con la barra de espacio? Ridiculísimo. Por supuesto lo hice. Nada.

Me da miedo preguntarle a mi padrino. Me regañará. Siempre me ha dicho que trate de cultivar el rodearme de melómanos y yo le digo que sí. Lo intento.

Es la obviedad de todos a los que les canto “Baby i love youuuuu…”, que pregunte a la persona con la que estaba, no comprenden. De nada sirve, seguramente ya no se acuerda, a su edad…

¡A su edad nada! A su edad y a la mía nos ven como el padrino y la ahijada. Así jugamos a presentarnos ante las personas. En cierta ocasión, cenamos en un restaurant, encontramos a Minerva, conocida de él quien iba con un chico mucho menor que ella. El plan de contingencia estaba hecho. Si alguien nos preguntara el parentesco diríamos que somos ahijada y padrino; por ello de las edades y porque se encuentra entre el nivel adecuado de perversión.

—Te presento a mi ahijada— Dijo. Ella soltó una risita cínica de las que salen sin premeditarlas.

No lo creyó.

—Te presento a mi ahijado— Sonrió.

No le creímos.

 

Esa noche el padrino me habló de muchas cosas de la vida. 40 años de gangstería especializada en perversión a mujeres de 20 años no pasan en vano. Las 7 artes se sirvieron, pero jamás hizo mención de la canción que reprodujo esa noche camino al motel mientras me dedeaba y yo le metía mano. Empiezo a creer que todo fue resultado de este imaginario colectivo en el que vivo. O del mezcal de mis borracheras, o del dispensador de PH que poseo. La nota, la canción, midomi.

De ahora en adelante, por si las dudas, enseguida de pronunciar “Mucho gusto”, enuncio:

—¿Conoces de casualidad alguna una canción que diga (léase con el ritmo que es) “Baby i love youuuuu…” ?

La respuesta siempre es no.

—¿Por qué no le preguntas a quien la puso?

No entienden. Qué vergüenza no saber el título de una canción que (casi estoy segura) es muy conocida. Qué pena que a mis 20 años con un celular inteligente con internet ilimitado no sepa el nombre de una <<balada en inglés de los 80’s que dice en el coro “Baby i love youuuuu…” con voz masculina>>.

TOCS

Me di cuenta que no escribo todo lo que pienso. Por ejemplo, no expreso que le tengo miedo a los trastornos obsesivos compulsivos y eso tal vez sea un trastorno obsesivo compulsivo. Me ha pasado que ya llevo una cuadra y media de camino al salir de casa y tengo que regresar a revisar si cerré la puerta, aunque mis recuerdos dicen que fue así.
Pero esto a causa de mi desconfianza sobre la realidad que percibo.

Y mientras camino pienso en los TOC’s e inmediatamente vienen a mi mente los artículos que he leído sobre las personas que no pueden dejar de contar sus pasos. 1, 2, 3, 4. Me obligo a parar pero una yo sigue contando mientras otra le sigue teniendo miedo a tener un trastorno obsesivo compulsivo. Miedo irracional por cierto. Hay cosas peores. Pero si lo analizas bien, si no puedes parar con una cosa que empiezas, como lavarte las manos cada 5 minutos, revisar 3 veces si cerraste la puerta o la llave del lavabo, contar los pasos; pierdes horas que podrías utilizar en pensar otras cosas.
Y lo más terrible de todo es que el tiempo nunca regresa. Y yo moriré, no pronto espero. En la otra dimensión me reiré de las ridiculeces que pensaba en esta vida cuando me dé cuenta que las muletillas son más normales de lo que uno cree. Que por lo menos en el cine, el sentido del humor y terror se sostiene en la repetición de cosas aparentemente habituales. Entonces puede que sea una película pero, ¿Quién me ve?

@tunombredeusuario

Entre I love u de Pato Watson
Bufi
y u and me de disclosure, mi amor
pienso en ti
y mi mente se desordena
se inventa enfermedades mentales
hipocondría.
Maniaco depresiva cuando no estoy contigo
inicios de trastorno de doble personalidad cuando tampoco estoy contigo.
hasta quizás esquizofrenia tenga mi pobre cabeza.
Otra vez con ésta hypé-rbole

Chulo.
Estoy en nuestro café favorito
vente
te invito una bebida con mis tarjetas llenas sellitos que guardo en secreto para dártelas.

Todo esto pensado entre las stalkeadas a las 3 de la mañana
cuando me doy cuenta que tu nombre de usuario ya no está.
Y pienso lo peor
porque en este país ya no se sabe a quién van a matar y por qué lo harán.

¿Dónde estás?

¿Por que tuiter dice que no existes?

¿Quién le dio derecho a ese pajarito de decidir sobre tu existencia?

No me dejes sola entre este universo virtual lleno de tuits violentos.
No me dejes entre bots que crean tendencias falsas como campaña a un próximo gobernador en Oaxaca.

Por favor,
no borres tu cuenta, mi amor.

No me dejes acompañada solamente de noticias espeluznantes.
Sin tu nombre de usuario que me da esperanza.
Porque los números se mueven,
tu espacio queda desocupado,
opaco sin tus pensamientos hechos sinopsis.

Monitoreo tus demás redes sociales con la esperanza de saberte vivo virtualmente
pero ni tu fanpage de facebook me aparece.

Sin sentido.

¿Por qué nombredeusuario tuiter dice que no existe?
Intentas ser inlocalizable en un país donde te matan por publicar un reportaje
Lo entiendo
Pero no te vayas así.
irrasteable.
acuérdate de lo que alguna vez aprendimos
“si nos autocensuramos estamos poniendo en peligro a los que no lo hacen”.

Hago clic entre los usuarios de un tuit que los dos likeamos
porque hasta en tus favs me metí alguna noche cuando seguramente te extrañaba tanto que verte en una composición tipográfica me calmó.

Me siento unida a ti de alguna manera cuando toucheamos aquel corazón hipócrita que mantiene con vida a los caracteres que dicen que el pontifex viene a México.

seguido de otros 140 que hablan de asesinatos cometidos por asesinos seriales que encajan perfecto en el perfil de políticos sociópatas.

Personajes complejos que meten cada día en ésta telenovela llamada presidencia de Enrique Peña Nieto.
Promocionales que no hacen otra cosa más que no dejar espacio en la agenda para tópicos que realmente valen la pena
a los que tenemos ésta enfermedad de inmediatez extrema.
¿Qué a quién le importan?
Pues a un país entero, idiota.

No te vayas y me dejes sola en este ciberuniverso lleno de tuits violentos.
Me siento unida a ti cuando toucheamos el mismo corazón hipócrita de un tuit.
Deja a los demás decir que la opinión pública no sirve de nada.
Parece que todavía viven en tiempos de la aguja hipodérmica.

Yo sólo quiero seguir viendo tuits que me enseñen que aún existen personas que aman a nuestro país.